Se convenció de que esa noticia destruiría todos mis planes.
Se fue a casa de su madre. Pensó que volvería en cuanto supiera qué decir.
No tuvo esa oportunidad.
Hubo complicaciones y perdió al bebé.
En la siguiente carta describía la sala del hospital y cómo se había quedado sola con todo aquello.
Una frase se me grabó en la memoria:
«Perdí a nuestro hijo. Luego me perdí a mí misma».
Más tarde vinieron años de cartas sobre planes que nunca realizó.
«Llamaré mañana».
«He comprado un billete de tren».
«He encontrado el número de tu oficina».
Y cada vez, el miedo ganaba.
Había pasado demasiado tiempo.
Seguro que me odia.
Seguro que ya vive otra vida.
Leer las cartas siguientes se hacía cada vez más difícil.
Olivia sabía dónde vivía.