Julián Barragán llegó al hospital cuarenta minutos después.
No venía solo.
Había avisado discretamente al equipo médico responsable de Ernesto y solicitado que cualquier decisión legal se realizara únicamente después de confirmar que su cliente estaba consciente y comprendía lo que firmaba.
Cuando los médicos revisaron su tratamiento, aparecieron inconsistencias que exigían análisis inmediatos.Ernesto entregó la grabación.
También explicó las cápsulas que Valeria le administraba en casa.
A partir de ese momento, nadie volvió a permitir que ella manejara sus medicamentos.
Pero Julián frenó a Ernesto cuando mencionó cambiar inmediatamente todo el testamento.
—Primero sobrevivimos —dijo—. Después protegemos el patrimonio.
Aquella misma noche comenzaron estudios adicionales.
Y ocurrió algo que Valeria no había previsto.
El estado de Ernesto empezó a estabilizarse.
A la mañana siguiente, Valeria apareció con Iván.
Entró interpretando perfectamente su papel.
—Mi amor…
Ernesto permaneció inmóvil.
Ella creyó que seguía demasiado débil para responder.
—¿Cuánto le queda? —preguntó al médico.
—Estamos reevaluando su condición.
La sonrisa de Valeria vaciló.
—Pero dijeron cinco días.
—La situación ha cambiado.
Iván la miró.
Aquella mirada duró apenas un segundo.
Pero Mateo la vio.
Dos días después, los análisis y la revisión médica llevaron el caso por un camino completamente distinto al que Valeria esperaba. Las autoridades recibieron la información y comenzaron a investigar cómo habían llegado determinadas sustancias al organismo de Ernesto.
Entonces Julián revisó las empresas.
Encontró algo todavía peor.Iván llevaba casi un año aprobando compras infladas a proveedores vinculados con una sociedad recién creada.
Más de seis millones de pesos habían salido de Muebles Salgado.