Su puño rozó mi mejilla.
Aquella pintura azul nacarada quedó marcada ligeramente en el interior de su camisa.
Alma había intentado decirlo desde el principio.
—Tiene mi pintura.
Ninguno entendió.
Ella sí.
Aquella noche, cuando finalmente todo terminó, Laura vino a verme.
—Voy a renunciar.
La miré sorprendido.
—¿Qué?
—No puedo seguir trabajando aquí.
—¿Por qué?
—Porque usted creyó que fui yo.
No sabía qué responder.
—Había una llave en tu delantal.
—Lo sé.
—Las cámaras…
—También lo sé.
—Laura…
Me miró directamente.
—Después de un año trabajando aquí, un hombre colocó una llave en mi bolsillo y eso fue suficiente para que usted pensara que podía robarle.
Aquello dolió porque era verdad.
—No te acusé formalmente.
—No tuvo que hacerlo.
Guardé silencio.
—Lo siento.
Laura parecía sorprendida.
Quizá no estaba acostumbrada a escucharme decirlo.
Yo tampoco estaba acostumbrado.
—No quiero que renuncies.