En ese momento, Lucas apareció a nuestro lado. Solo había oído el final de la conversación.
Unos minutos después, se acercó a mí y preguntó en voz baja:
— ¿Quizás será mejor que me quede con mamá?
Sentí un nudo en la garganta.
— ¿Por qué piensas eso?
Se encogió de hombros.
— No quiero estropearte la boda.
Le tomé la mano.
— Nunca me estorbas. Eres mi hermano. Y quiero que estés a mi lado ese día.
Lucas sonrió, pero noté que sus ojos se habían vuelto tristes.
Esa noche, pensé largo tiempo en esa conversación.
No quería pelearme con mi futura suegra. Entendía que tenía su propia idea de la boda y no quería convertir ese día especial en un conflicto familiar.
Pero también entendí algo más.
Ese día no se trataba solo de un salón bonito, vestidos y fotos.
Se trataba de las personas que amamos.
De los que están a nuestro lado.
Y de los que ya no están con nosotros.
Por eso, al día siguiente, llamé al organizador de la boda.
— Quiero cambiar algo —dije.
Añadimos un elemento más especial a la ceremonia.
Apareció en el salón un gran panel con fotos de mi padre y Lucas. Eran sus momentos cotidianos y familiares: el garaje, las tazas de café, los viajes juntos, las sonrisas y fotografías tomadas completamente por casualidad.
No quería hacer una exposición dramática.
Solo quería conservar el recuerdo del hombre que fue importante para nuestra familia.
En el centro del panel, coloqué una pequeña inscripción:
«Algunas personas se van de nuestra vida, pero el amor que nos dejaron sigue caminando a nuestro lado».
Llegó el día de la boda.