La niña pintó la cara del millonario dormido y terminó descubriendo al verdadero ladrón de la mansión

—En el bolsillo de su delantal.

Ella retrocedió.

—Eso no es mío.

Víctor tomó la llave.

—Es una copia maestra.

Laura palideció.

—Yo nunca había visto eso.

—Estaba en tu ropa —dijo Víctor.

—Alguien la puso ahí.

—¿Quién?

—No sé.

Víctor me miró.

—Tenemos que llamar a la policía.

Laura comenzó a llorar.

—Señor Ricardo, por favor.

Yo estaba furioso.

No únicamente por el dinero.

Por las joyas de Isabel.

—¿Entraste en la biblioteca mientras dormía?

—No.

—Tú limpias allí.

—Por la mañana.

—¿Sabías de la caja fuerte?

—No.

Víctor intervino.

—Ricardo, no necesitas interrogarla. Dejemos que las autoridades hagan su trabajo.

Alma apareció.

—Mi mamá no fue.

Víctor miró a la niña.

—Alma, vete con tu madre.

—No.

—Alma —dijo Laura.

—Yo estaba allí.

Todos guardamos silencio.

—¿Dónde?

Señaló la biblioteca.

—Debajo de la mesa.

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