Valeria figuraba relacionada con una de las cuentas bajo revisión.
La villa de Puerto Vallarta no había sido pagada con una futura herencia.
Ya estaba siendo financiada con dinero que aparentemente salía de la empresa.
Cuando Valeria regresó al hospital al cuarto día, encontró a Ernesto sentado.
Despierto.
Con Julián a su lado.
Se quedó paralizada.
—Ernesto…
Él colocó el teléfono sobre la mesa.
Y reprodujo una sola frase:
—Por fin te vas a morir…
Valeria perdió el color.
—Puedo explicarlo.
—Puedo explicarlo.
—Explícaselo a quienes están investigándolo.
Iván intentó desaparecer cuando supo que Ernesto seguía vivo, pero la documentación financiera ya había sido preservada.
El resto quedó en manos de las autoridades y de los procesos correspondientes.
Ernesto no entregó su fortuna a Mateo.
Hizo algo más sensato.
Creó, con asesoramiento profesional, una estructura independiente destinada a proteger la fábrica, a sus trabajadores y a financiar atención médica para familias que no podían pagarla.
Mateo rechazó cualquier regalo personal.
Ernesto sí ayudó legalmente con el tratamiento de Ximena a través del nuevo programa.
Meses después, cuando pudo caminar nuevamente por la fábrica, los empleados lo recibieron en silencio antes de empezar a aplaudir.
Ernesto buscó a Alicia.
Su hermana estaba al fondo.
Habían pasado cuatro años separados por las mentiras de Valeria.
—Perdóname —dijo él.
Alicia lo abrazó.
—Tardaste bastante.
Ernesto rio por primera vez en meses.