La mujer que compraba grandes cantidades de carne cada mañana y el motivo que sorprendió a todo el pueblo

Durante años, nadie en San Jacinto había prestado demasiada atención a Clara Mendoza. Era una mujer de poco más de sesenta años, de cabello canoso, ropa sencilla y una rutina tan puntual que muchos comerciantes podían saber la hora con solo verla pasar frente a sus negocios.

Todos los días, exactamente a las seis y media de la mañana, Clara aparecía en la carnicería de don Ernesto.

No importaba si llovía, hacía frío o el sol comenzaba a calentar las calles desde temprano. Ella siempre llegaba con varias bolsas resistentes y una pequeña libreta en la que parecía llevar cuentas.

Lo extraño no era que comprara carne.

Lo que despertaba la curiosidad de todos era la cantidad.

—Buenos días, Ernesto —decía con amabilidad.

—Buenos días, doña Clara. ¿Lo de siempre?

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