La mujer que compraba grandes cantidades de carne cada mañana y el motivo que sorprendió a todo el pueblo

Durante años, nadie en San Jacinto había prestado demasiada atención a Clara Mendoza. Era una mujer de poco más de sesenta años, de cabello canoso, ropa sencilla y una rutina tan puntual que muchos comerciantes podían saber la hora con solo verla pasar frente a sus negocios.

Todos los días, exactamente a las seis y media de la mañana, Clara aparecía en la carnicería de don Ernesto.

No importaba si llovía, hacía frío o el sol comenzaba a calentar las calles desde temprano. Ella siempre llegaba con varias bolsas resistentes y una pequeña libreta en la que parecía llevar cuentas.

Lo extraño no era que comprara carne.

Lo que despertaba la curiosidad de todos era la cantidad.

—Buenos días, Ernesto —decía con amabilidad.

—Buenos días, doña Clara. ¿Lo de siempre?

—Sí. Lo de siempre.

Don Ernesto entonces comenzaba a preparar el pedido: varios kilos de pollo, carne de res, algunas vísceras y diferentes cortes económicos.

Al terminar, Clara pagaba en efectivo, guardaba cuidadosamente su compra y se marchaba.

Al principio, nadie preguntó nada.

Pero en un pueblo pequeño, cualquier costumbre diferente termina convirtiéndose en tema de conversación.

## Una rutina que despertaba preguntas

La primera persona en comentar el asunto fue Marta, dueña de la cafetería situada frente a la carnicería.

—¿Ustedes se han fijado en todo lo que compra esa señora? —preguntó una mañana mientras servía café.

—Debe tener una familia enorme —respondió uno de los clientes.

—Clara vive sola —contestó otro hombre.

Aquella respuesta cambió completamente la conversación.

Clara había perdido a su esposo muchos años atrás y sus dos hijos vivían en otras ciudades. Uno trabajaba como técnico y la otra se había casado y formado su propia familia.

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