“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos. Ellos esperaban quedarse con una empresa millonaria después de mi funeral, pero olvidaron algo que yo había firmado un mes antes. Cuando recuperé el sentido, solo pedí papel, mi teléfono y silencio. Horas después, él recibió un mensaje imposible… y todavía faltaba conocer el secreto más grave.

PARTE 2

Héctor tardó menos de una hora en conducir hasta el panteón.

No se atrevió a acercarse demasiado a la tumba. Se quedó mirando desde lejos, con las manos temblorosas, intentando convencerse de que todo era una broma.

La tierra seguía aparentemente intacta.

—Alguien encontró su teléfono —dijo cuando volvió a casa—. Eso es todo.

Lorena no parecía convencida.

—¿Y cómo sabía esa persona lo del cargador?

Héctor no respondió.

Mientras tanto, Adriana se recuperaba en la pequeña vivienda de Tomás, situada dentro del mismo panteón. Diego, el hijo de él, había llevado ropa, alimentos y una computadora. También conocía de ciberseguridad y ayudó a Adriana a entrar, usando sus propias credenciales, a las cuentas domésticas y empresariales que seguían registradas a su nombre.

Ahí apareció la primera sorpresa.

Un mes antes de caer en coma, Adriana había firmado un fideicomiso empresarial con instrucciones de emergencia. Si ella moría en circunstancias dudosas, las acciones principales de la cadena hotelera quedarían inmovilizadas hasta una revisión independiente. Héctor podía seguir viviendo temporalmente en la casa, pero no vender la empresa ni disponer de sus activos.

Adriana había tomado esa precaución porque ya sospechaba que alguien estaba manipulando sus medicamentos.

No sabía quién.

Ahora sí.

Dos días después, Héctor acudió con Lorena al banco fiduciario esperando iniciar la transferencia de la herencia.

Salió furioso.

—¡No puedo tocar casi nada! —gritó dentro del coche—. ¡Lo dejó todo bloqueado!

Lorena lo miró en silencio.

Por primera vez, Héctor notó algo distinto en ella.

No miedo.

Decepción.

Esa noche comenzaron los problemas en la casa.

A las dos de la mañana, las bocinas inteligentes encendieron solas la música favorita de Adriana. Después, las luces del pasillo parpadearon y la televisión mostró una fotografía antigua de su esposa.

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