PARTE 2
Héctor tardó menos de una hora en conducir hasta el panteón.
No se atrevió a acercarse demasiado a la tumba. Se quedó mirando desde lejos, con las manos temblorosas, intentando convencerse de que todo era una broma.
La tierra seguía aparentemente intacta.
—Alguien encontró su teléfono —dijo cuando volvió a casa—. Eso es todo.
Lorena no parecía convencida.
—¿Y cómo sabía esa persona lo del cargador?
Héctor no respondió.
Mientras tanto, Adriana se recuperaba en la pequeña vivienda de Tomás, situada dentro del mismo panteón. Diego, el hijo de él, había llevado ropa, alimentos y una computadora. También conocía de ciberseguridad y ayudó a Adriana a entrar, usando sus propias credenciales, a las cuentas domésticas y empresariales que seguían registradas a su nombre.
Ahí apareció la primera sorpresa.
Un mes antes de caer en coma, Adriana había firmado un fideicomiso empresarial con instrucciones de emergencia. Si ella moría en circunstancias dudosas, las acciones principales de la cadena hotelera quedarían inmovilizadas hasta una revisión independiente. Héctor podía seguir viviendo temporalmente en la casa, pero no vender la empresa ni disponer de sus activos.