Algunas veces existe simplemente gratitud.
Afecto.
Historia.
Compañía.
O la memoria de algo bueno que pasó de una persona a otra durante décadas.
Doña Amelia no me dejó su casa.
Me dejó algo que, con el tiempo, terminó valiendo mucho más para mí:
la certeza de que una buena acción puede seguir viajando por una familia incluso después de que todos hayan olvidado dónde comenzó.
Y cada vez que miro aquel árbol creciendo en mi patio recuerdo sus palabras:
“Las cosas buenas no siempre se devuelven. A veces se entregan al siguiente.”
Eso fue lo que ella hizo por mi madre.
Lo que mi madre hizo por otros.
Lo que yo intenté hacer por Amelia.
Y lo que espero seguir haciendo mientras pueda.