No pudo.
Otro dijo que tenía trabajo.
Yo terminé organizando mi horario.
Dormí varias noches en su casa.
Mi esposo estuvo de acuerdo.
Mi hija también ayudaba.
Una tarde mi hermano Raúl apareció sin avisar.
No sé quién le había dicho que yo estaba quedándome allí.
Entró y me encontró preparando sopa.
—Esto ya es demasiado.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a verte.
—Pues ya me viste.
—Clara, ¿tú te estás escuchando?
—Perfectamente.
—Tienes marido, hija y casa propia. ¿Por qué estás viviendo aquí?
—No estoy viviendo aquí.
—Duermes aquí.
—Por unos días.
Amelia estaba en la sala.
Escuchaba.
Raúl bajó la voz.
—No quiero que termines metida en un problema.
—¿Cuál?
—Que después la familia de esta señora diga que la manipulaste.
—No estoy manipulando a nadie.
—Entonces deja que sus familiares se ocupen.
Doña Amelia habló desde la sala:
—Mis familiares están muy ocupados esperando que me muera.
Raúl quedó avergonzado.
—Señora Amelia, no quería…
—Sí querías.
Ella siempre había sido directa.
—Usted no conoce nuestra situación.
—Conozco a tu hermana desde antes de que tú aprendieras a amarrarte los zapatos.
Raúl respondió algo que nunca le perdoné completamente.
—Precisamente. La conoce demasiado bien.
Amelia lo miró.
—¿Qué estás diciendo?
—Que no quiero que Clara se confunda y termine creyendo que esta casa le corresponde por venir a cuidarla.
Yo exploté.
—¡Fuera!
—Clara…
—Sal de aquí.
—Estoy intentando protegerte.
—Deja de protegerme insultándome.
Se marchó.
Pensé que aquella sería la última discusión.
Me equivocaba.
Dos meses después Amelia cumplió setenta y seis.
Yo organicé una pequeña comida.
Vinieron algunos vecinos.
Mi esposo.
Mi hija.
Incluso invitamos a mis hermanos porque Amelia dijo: