No pudo.
Otro dijo que tenía trabajo.
Yo terminé organizando mi horario.
Dormí varias noches en su casa.
Mi esposo estuvo de acuerdo.
Mi hija también ayudaba.
Una tarde mi hermano Raúl apareció sin avisar.
No sé quién le había dicho que yo estaba quedándome allí.
Entró y me encontró preparando sopa.
—Esto ya es demasiado.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a verte.
—Pues ya me viste.
—Clara, ¿tú te estás escuchando?
—Perfectamente.
—Tienes marido, hija y casa propia. ¿Por qué estás viviendo aquí?
—No estoy viviendo aquí.
—Duermes aquí.
—Por unos días.
Amelia estaba en la sala.
Escuchaba.
Raúl bajó la voz.
—No quiero que termines metida en un problema.
—¿Cuál?
—Que después la familia de esta señora diga que la manipulaste.
—No estoy manipulando a nadie.
—Entonces deja que sus familiares se ocupen.
Doña Amelia habló desde la sala: