Solo quedaba una pata sobre el hielo, pero lo que aquella perra señalaba debajo dejó a todos helados

La pastora alemana volvió a arañar.

Entonces entendí.

Corté la cuerda que la sujetaba e intenté llevarla hacia la tabla de rescate.

Ella tomó mi manga con los dientes.

No me mordió.

Solo tiró de mí hacia la jaula.

Me soltó.

Y volvió a golpear el hielo.

Tres veces.

Pausa.

Dos veces.

La jaula descendió unos centímetros.

Entre las barras apareció una pata diminuta.

Después dejó de moverse.

La perra tenía aire.

Podía salir.

Podía dejarse arrastrar hasta la orilla.

Pero se negó.

Apoyó el hocico sobre el hielo y miró hacia el lugar donde estaban los pequeños.

Como si quisiera decirme una sola cosa:

Todavía faltan ellos.


Los demás rescatistas llegaron pocos minutos después.

El jefe del operativo, Luis Ortega, vio mis manos temblando y me ordenó salir.

Tenía razón.

El agua helada ya había atravesado varias capas de ropa.

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