La pastora alemana volvió a arañar.
Entonces entendí.
Corté la cuerda que la sujetaba e intenté llevarla hacia la tabla de rescate.
Ella tomó mi manga con los dientes.
No me mordió.
Solo tiró de mí hacia la jaula.
Me soltó.
Y volvió a golpear el hielo.
Tres veces.
Pausa.
Dos veces.
La jaula descendió unos centímetros.
Entre las barras apareció una pata diminuta.
Después dejó de moverse.
La perra tenía aire.
Podía salir.
Podía dejarse arrastrar hasta la orilla.
Pero se negó.
Apoyó el hocico sobre el hielo y miró hacia el lugar donde estaban los pequeños.
Como si quisiera decirme una sola cosa:
Todavía faltan ellos.
Los demás rescatistas llegaron pocos minutos después.
El jefe del operativo, Luis Ortega, vio mis manos temblando y me ordenó salir.
Tenía razón.
El agua helada ya había atravesado varias capas de ropa.
Pero en cuanto intenté alejarme, escuchamos un golpe metálico bajo el hielo.
Clang.
La perra levantó la cabeza.
Otro golpe.
Clang.
Y volvió a arañar.
Tres.
Pausa.
Dos.
Luis la miró.
—¿Por qué hace eso?
—No lo sé —respondí.
Pero empezaba a sospecharlo.
Había trabajado algunas veces cerca de perros entrenados para búsqueda. Sabía que ciertos animales desarrollaban señales muy concretas para indicar un hallazgo.
Aquella perra no parecía estar arañando por miedo.
Marcaba un punto.
Ampliamos la abertura.
Uno de los buzos descendió siguiendo la cuerda.
Regresó menos de un minuto después.
—Hay una jaula metálica. Y tiene un bloque pesado sujeto debajo.
—¿Animales?
—Sí.
—¿Cuántos?
—Por lo menos dos.
La pastora alemana escuchó nuestras voces y trató de ponerse en pie.
Las patas traseras se doblaron.
Volvió a intentarlo.
Tania tuvo que sujetarla.