Hasta que una tarde Lucía volvió del colegio más callada de lo normal.
Ni dejó la mochila tirada.
Ni pidió la merienda.
Se sentó en la silla de la cocina y empezó a arrancar una etiqueta de la manga del jersey con una paciencia furiosa.
Le pregunté qué le pasaba.
Tardó un poco en hablar.
Luego dijo:
—Martina hoy no ha querido ponerse conmigo en la fila.
Le pregunté si se habían enfadado.
Negó con la cabeza.
—Dice que no pasa nada. Pero sí pasa.
Esperé.
Lucía tragó saliva.
—Dos niñas de clase estaban diciendo cosas.
Se me tensó el cuerpo entero.
—¿Qué cosas?
Bajó la voz, como si repetirlo lo empeorara.
—Que Martina lleva ropa prestada. Y que una vez olía a coche. Y que por eso…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Sentí esa subida brusca que te nace en el pecho cuando alguien hace daño a tu hija o a alguien que tu hija quiere.