El corte de cabello de Emily

El domingo en la noche, mientras la lámpara de la sala derramaba una luz cálida sobre la alfombra, hacía lo que hacía todos los domingos desde que Emily era pequeña: sentarme detrás de ella y cepillar lentamente su cabello castaño hasta la cintura. Ella se acomodaba con las piernas cruzadas entre mis rodillas, apoyaba la espalda contra el sillón y cerraba los ojos como si aquel ritual fuera lo único que necesitaba para dormir tranquila.

 

—Nunca me lo voy a cortar, mamá —anunció esa noche, con esa seriedad tan propia de sus doce años.

—¿Ni un recorte pequeño en las puntas? —le pregunté sonriendo.

—Ni eso.

Me reí. Ella no. A esa edad, Emily decía en serio casi todo lo que decía. Pasé los dedos por las puntas y pensé que esos instantes eran los únicos en que mi vida realmente se sentía en paz.

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