“Quédate en casa, mamá, queremos descansar sin tener que cuidarte”, dijo mi hija antes de cerrar la puerta del coche y marcharse con todos. Hasta se llevaron el pastel que preparé para mis nietos. Yo sólo recogí mi maleta, abrí el cajón donde guardaba los documentos de más de 30 años y marqué un número. Esa misma tarde, una llamada desde la casa convirtió sus vacaciones en una pesadilla.

Después de haberme dejado en la calle porque supuestamente yo era una carga.

La tristeza que tenía en el pecho comenzó a transformarse en una calma extraña.

Busqué en mi agenda un número que no utilizaba desde hacía años.

—Inmobiliaria del Golfo, buenos días.

—Buenos días. Habla Teresa Morales. Tengo una casa en Tecolutla y quiero ponerla en venta.

—Claro, señora. ¿Está pensando vender próximamente?

Miré la maleta que seguía junto a la puerta.

—No. Quiero venderla cuanto antes.

Esa tarde entendí que ellos habían confundido mi amor con permiso y mi paciencia con debilidad.

Y todavía no podían imaginar lo que estaban a punto de encontrar cuando llegaran a Veracruz.

PARTE 2

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