Después de haberme dejado en la calle porque supuestamente yo era una carga.
La tristeza que tenía en el pecho comenzó a transformarse en una calma extraña.
Busqué en mi agenda un número que no utilizaba desde hacía años.
—Inmobiliaria del Golfo, buenos días.
—Buenos días. Habla Teresa Morales. Tengo una casa en Tecolutla y quiero ponerla en venta.
—Claro, señora. ¿Está pensando vender próximamente?
Miré la maleta que seguía junto a la puerta.
—No. Quiero venderla cuanto antes.
Esa tarde entendí que ellos habían confundido mi amor con permiso y mi paciencia con debilidad.
Y todavía no podían imaginar lo que estaban a punto de encontrar cuando llegaran a Veracruz.