PARTE 1
—Mamá, no te subas. La verdad, sólo vas a estorbar en el viaje.
Mi hija Claudia dijo esas palabras frente a mis vecinos mientras cerraba la puerta de la camioneta y yo seguía parada en la banqueta con mi maleta en una mano.
Me llamo Teresa Morales, tengo 68 años y hasta esa mañana creía que lo peor que podía hacerte un hijo era olvidarse de llamarte. Me equivocaba.
Era sábado, primer día de un puente largo, y desde las cinco de la mañana yo estaba despierta preparando todo para irnos a Tecolutla, Veracruz. Allí estaba la casa que mi esposo Ernesto y yo habíamos levantado durante años, peso por peso, cuando nuestros hijos todavía eran pequeños.
Ernesto había muerto casi dos años antes.
Desde entonces, aquella casa era lo más parecido que yo tenía a volver a escucharlo.
Había preparado una charola enorme de enchiladas, arroz rojo, frijoles, salsa de molcajete y un pastel de tres leches porque mis nietos, Mateo y Renata, llevaban días diciéndome:
—Abuela, haz el pastel que hacía el abuelo contigo.
Mi maleta era pequeña. Dos cambios de ropa, un traje de baño que seguramente ni usaría, mis medicinas, un libro y unas sandalias.
No quería incomodar a nadie.
Sólo quería estar con mi familia.
A las siete comenzaron a llegar los coches. Primero Claudia con su esposo Mauricio y los niños. Después mi hijo Javier con su esposa Karla.
Los vecinos salieron a saludar porque había mucho movimiento frente a mi casa en Puebla.
Doña Lupita, la señora de enfrente, sonrió al verme con la maleta.
—Qué bonito que se vayan todos juntos, doña Tere. Ya le hacía falta distraerse.