PARTE 1
—Mamá, no te subas. La verdad, sólo vas a estorbar en el viaje.
Mi hija Claudia dijo esas palabras frente a mis vecinos mientras cerraba la puerta de la camioneta y yo seguía parada en la banqueta con mi maleta en una mano.
Me llamo Teresa Morales, tengo 68 años y hasta esa mañana creía que lo peor que podía hacerte un hijo era olvidarse de llamarte. Me equivocaba.
Era sábado, primer día de un puente largo, y desde las cinco de la mañana yo estaba despierta preparando todo para irnos a Tecolutla, Veracruz. Allí estaba la casa que mi esposo Ernesto y yo habíamos levantado durante años, peso por peso, cuando nuestros hijos todavía eran pequeños.
Ernesto había muerto casi dos años antes.
Desde entonces, aquella casa era lo más parecido que yo tenía a volver a escucharlo.