Walt Griffin seguía mirando mi hombro.
No parecía sorprendido.
Parecía estar recordando algo.
—¿De dónde sacaste ese pergamino? —preguntó.
Ethan soltó una carcajada nerviosa.
—Señor Griffin, es solo una insignia.
Walt ni siquiera lo miró.
—No.
Su voz fue firme.
—No es “solo” una insignia.
Se acercó a mí.
—¿Victoria Hale?
Sentí que el aire cambiaba.
—Sí.
Walt cerró los ojos durante un segundo.
—Dios mío.
Richard Caldwell dejó de sonreír.
—¿La conoce?
Walt se giró hacia él.
—No solo la conozco.
Me señaló.
—Sé exactamente quién es.
La multitud comenzó a murmurar.
Ethan miró a su padre.
—¿De qué está hablando?
Walt volvió a mirarme.
—¿Todavía tienes aquel distintivo de la operación en Fort Bragg?
Asentí.
—Guardado.
—Entonces eres tú.
Ethan frunció el ceño.
—¿Quién es ella?
Walt respondió antes que yo.
—La mujer que una vez entrenó a mi nieto.
El silencio fue inmediato.
Ethan dejó de sonreír.
—¿Entrenó a quién?
—A mi nieto, Lucas.
Walt me miró.
—Tenía diecinueve años. No sabía controlar los nervios. Tú fuiste una de las instructoras que consiguió que aprendiera disciplina.
Ethan tragó saliva.
—¿Y eso qué significa?
Walt negó lentamente.
—Significa que llevas tres semanas provocando a la persona equivocada.
Richard intervino.
—Victoria, si esto es algún tipo de exhibición…
Lo miré.
—No.
Señalé la colchoneta.
—Esto sigue siendo exactamente lo que acordamos.
Ethan levantó la barbilla.
—Entonces hagámoslo.
Walt se apartó.
—Recuerda lo que dijiste hace un minuto, muchacho.
—¿Qué?
—Que ella estaba asustada.
Ethan miró alrededor.
Sus amigos seguían grabando.
La mitad del vecindario esperaba ver qué ocurría.
Entonces sonrió otra vez.
—Sigo pensando lo mismo.
Carlos entró en la colchoneta.
—Reglas claras.
Miró a ambos.