PARTE 2
A las once de la mañana ya estaba sentada frente a Arturo Salgado, un corredor inmobiliario recomendado por una antigua compañera de la notaría.
Llevé escrituras, recibos de predial y todos los documentos de la casa.
Arturo revisó cada hoja.
—Legalmente no hay ningún problema, doña Teresa. Usted es la propietaria. Si decide vender, nadie necesita autorizarla.
Aquellas palabras me devolvieron algo que había perdido sin darme cuenta: la sensación de tener control sobre mi propia vida.
Cuando me enseñó el valor aproximado de la propiedad, guardé silencio.
La zona había aumentado muchísimo de precio.
Con ese dinero podía comprar un departamento más pequeño cerca del centro de Puebla, invertir el resto y vivir sin depender jamás de que Claudia o Javier tuvieran tiempo para llevarme al médico, al banco o de vacaciones.
Firmé el contrato de intermediación.