“Quédate en casa, mamá, queremos descansar sin tener que cuidarte”, dijo mi hija antes de cerrar la puerta del coche y marcharse con todos. Hasta se llevaron el pastel que preparé para mis nietos. Yo sólo recogí mi maleta, abrí el cajón donde guardaba los documentos de más de 30 años y marqué un número. Esa misma tarde, una llamada desde la casa convirtió sus vacaciones en una pesadilla.

PARTE 2

A las once de la mañana ya estaba sentada frente a Arturo Salgado, un corredor inmobiliario recomendado por una antigua compañera de la notaría.

Llevé escrituras, recibos de predial y todos los documentos de la casa.

Arturo revisó cada hoja.

—Legalmente no hay ningún problema, doña Teresa. Usted es la propietaria. Si decide vender, nadie necesita autorizarla.

Aquellas palabras me devolvieron algo que había perdido sin darme cuenta: la sensación de tener control sobre mi propia vida.

Cuando me enseñó el valor aproximado de la propiedad, guardé silencio.

La zona había aumentado muchísimo de precio.

Con ese dinero podía comprar un departamento más pequeño cerca del centro de Puebla, invertir el resto y vivir sin depender jamás de que Claudia o Javier tuvieran tiempo para llevarme al médico, al banco o de vacaciones.

Firmé el contrato de intermediación.

Mi celular sonó antes de terminar.

Claudia.

Contesté.

—¿Bueno?

Escuché el mar de fondo.

—Mamá, ya llegamos. La casa huele horrible a encerrado. ¿Por qué no mandaste a alguien a limpiar?

No dijo “¿cómo estás?”.

No dijo “perdón”.

Ni siquiera preguntó si seguía triste.

—No mandé a nadie, Claudia.

—¿Y dónde está el control del aire del cuarto?

—Búscalo.

—Mamá, ¿qué te pasa?

Miré a Arturo.

—Nada. Estoy resolviendo asuntos importantes. Disfruten la playa.

Colgué.

Arturo no preguntó nada.

Sólo dijo:

—Puedo enviar a mi fotógrafo hoy mismo y colocar el anuncio afuera esta tarde.

—Hágalo.

Horas después me mandó una fotografía.

La casa azul que Ernesto había pintado con sus propias manos tenía un letrero grande frente al jardín:

SE VENDE.

Sentí un nudo en la garganta.

No porque me arrepintiera.

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