“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos. Ellos esperaban quedarse con una empresa millonaria después de mi funeral, pero olvidaron algo que yo había firmado un mes antes. Cuando recuperé el sentido, solo pedí papel, mi teléfono y silencio. Horas después, él recibió un mensaje imposible… y todavía faltaba conocer el secreto más grave.

Lo citó en el restaurante de un hotel de Polanco.

Héctor llegó agotado, sin dormir y desesperado por dinero.

Adriana pidió bebidas para ambos. La suya era sin alcohol. La de él, no.

Después de tres copas, Héctor empezó a hablar.

Primero se quejó de Adriana.

Luego de la herencia.

Después dijo algo que hizo que ella apretara la mano debajo de la mesa.

—Yo pagué demasiado por esos hoteles —murmuró—. Un año entero esperando que esa mujer se apagara y todavía me dejó problemas desde la tumba.

La grabadora escondida en el bolso seguía funcionando.

Pero antes de que Adriana pudiera hacerlo hablar más, el celular de Héctor vibró.

Era un mensaje de Lorena.

Y contenía una fotografía que cambiaría por completo el plan.

Adriana la vio reflejada en la pantalla.

Lorena estaba abrazando a otro hombre dentro de su propia casa.

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