PARTE 2
—Antes de hablar con Mariana, hay algo que debe entender —me dijo la profesora Ortega—. Su hija puede tenerle miedo.
Aquello me dolió más que cualquier acusación contra mi madre.
—¿Miedo de mí?
La profesora abrió una carpeta con reportes de años anteriores.
Mariana había comentado a una trabajadora social que su padre se enfadaba si gastaba dinero.
Era verdad.
No porque ella gastara.
Porque mi madre me llamaba y mentía.
Recordé una conversación.
Teresa aseguró que Mariana había gastado cuatro mil pesos en videojuegos.
Yo marqué furioso.
—¿Sabes cuánto trabajo para mandarte ese dinero?
Mariana intentó explicarse.
—Papá, yo no…
—No quiero excusas.
Le colgué.
Ahora me daban ganas de arrancarme aquella escena de la cabeza.
Entramos al salón.
Cuando Mariana me vio, dejó caer el lápiz.
No corrió hacia mí.
Retrocedió.
Solo un paso.
Pero suficiente para destruirme.