Fui a la preparatoria preparado para regañar a mi hija por “malgastar” el dinero que le enviaba, pero descubrí que llevaba cinco años registrada como estudiante pobre. “Tu padre ya está cansado de mantenerte”, le habían repetido. No hice una escena: pedí su expediente, saqué mis comprobantes bancarios y encontré un detalle que demostraba que todo había sido planeado.

PARTE 2

—Antes de hablar con Mariana, hay algo que debe entender —me dijo la profesora Ortega—. Su hija puede tenerle miedo.

Aquello me dolió más que cualquier acusación contra mi madre.

—¿Miedo de mí?

La profesora abrió una carpeta con reportes de años anteriores.

Mariana había comentado a una trabajadora social que su padre se enfadaba si gastaba dinero.

Era verdad.

No porque ella gastara.

Porque mi madre me llamaba y mentía.

Recordé una conversación.

Teresa aseguró que Mariana había gastado cuatro mil pesos en videojuegos.

Yo marqué furioso.

—¿Sabes cuánto trabajo para mandarte ese dinero?

Mariana intentó explicarse.

—Papá, yo no…

—No quiero excusas.

Le colgué.

Ahora me daban ganas de arrancarme aquella escena de la cabeza.

Entramos al salón.

Cuando Mariana me vio, dejó caer el lápiz.

No corrió hacia mí.

Retrocedió.

Solo un paso.

Pero suficiente para destruirme.

—Papá…

—No voy a regañarte.

Bajó la cabeza.

—Perdón por la computadora.

—¿Dónde está el dinero?

Sus manos empezaron a temblar.

—Se lo di a mi abuela.

Cerré los ojos.

—¿Todo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Me dijo que tu empresa estaba a punto de quebrar y que necesitabas ayuda.

Sentí náuseas.

Me senté para quedar a su altura.

—Mariana, quiero que me digas todo.

Al principio apenas hablaba.

Después las mentiras comenzaron a salir una detrás de otra.

Su abuela le había dicho que yo estaba harto de mantenerla.

Que la enfermedad de su madre había consumido mis ahorros.

Que nadie quería casarse conmigo porque ninguna mujer aceptaría criar a una adolescente ajena.

Que Mariana debía gastar lo menos posible para no convertirse en una carga.

—También decía que estabas decepcionado de mí —susurró.

Saqué el teléfono y le mostré las transferencias.

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