O eso pensaba.
Mientras colocaba mi maleta en la habitación principal escuché a Laura.
—Mamá, deja las cosas aquí.
Entró con Teresa.
En mi habitación.
—¿Qué haces? —pregunté.
Laura sonrió.
La misma sonrisa del aeropuerto.
Ya comenzaba a reconocerla.
—Pensamos que mamá debería quedarse aquí porque tiene baño privado.
La miré.
Después miré a Teresa.
La pobre mujer parecía querer desaparecer.
—No —dijo inmediatamente—. Yo me quedo donde Carmen diga.
Laura insistió.
—Mamá, tú te levantas varias veces de noche.
Entonces me miró.
—Carmen puede utilizar la habitación junto a Natalia.
Tuve una sensación extraña.
No de rabia.
Claridad.
El asiento no había sido un accidente.
Existía un patrón.
Cada vez que alguien necesitaba ceder algo, aparentemente ese alguien era yo.
Porque yo era “mamá”.
Porque yo era “la abuela”.
Porque yo había pagado.
Y probablemente porque todos asumían que precisamente por haberlos invitado tendría que ser la más flexible.
Pregunté:
—Laura, ¿quién reservó este apartamento?
—Tú.
—¿Quién lo pagó?
Daniel entró.
—Mamá, no empecemos con el dinero.
Lo miré.
—No estoy hablando de dinero. Estoy intentando entender por qué todos creen que pueden reorganizar mis decisiones sin preguntarme.
—Solo son habitaciones.
—Y el avión era solo un asiento.
Nadie habló.
Continué:
—Lo preocupante no es ninguna de las dos cosas por separado. Es que nadie pensó que debía consultarme.
Teresa tomó su maleta.
—Yo voy al estudio.
Laura protestó.
—Mamá…
—Laura, basta.
Fue la primera vez que escuché a Teresa hablarle con verdadera firmeza.
—Carmen hizo este viaje por su familia. Yo fui añadida a última hora. Deja de intentar colocarme delante de ella como si estuviéramos compitiendo.
Laura se puso roja.
—No estoy haciendo eso.
Teresa respondió: