O eso pensaba.
Mientras colocaba mi maleta en la habitación principal escuché a Laura.
—Mamá, deja las cosas aquí.
Entró con Teresa.
En mi habitación.
—¿Qué haces? —pregunté.
Laura sonrió.
La misma sonrisa del aeropuerto.
Ya comenzaba a reconocerla.
—Pensamos que mamá debería quedarse aquí porque tiene baño privado.
La miré.
Después miré a Teresa.
La pobre mujer parecía querer desaparecer.
—No —dijo inmediatamente—. Yo me quedo donde Carmen diga.
Laura insistió.
—Mamá, tú te levantas varias veces de noche.
Entonces me miró.
—Carmen puede utilizar la habitación junto a Natalia.
Tuve una sensación extraña.
No de rabia.
Claridad.
El asiento no había sido un accidente.
Existía un patrón.
Cada vez que alguien necesitaba ceder algo, aparentemente ese alguien era yo.
Porque yo era “mamá”.
Porque yo era “la abuela”.
Porque yo había pagado.
Y probablemente porque todos asumían que precisamente por haberlos invitado tendría que ser la más flexible.