—Bájame.
No quiero que te canses.
Daniel sonreía.
—Cuando tú te cansas de usar la silla, tampoco puedes bajarte de ella.
Hoy me toca cansarme a mí.
Aquellas palabras dejaron sin respuesta incluso a los profesores.
Poco a poco otros alumnos comenzaron a ayudar.
Uno llevaba la mochila de Daniel.
Otro empujaba la silla vacía.
Otros buscaban los caminos más seguros.
Sin darse cuenta, toda la clase terminó caminando al ritmo de Lucas.

Y nadie se quejó.
Cuando finalmente llegaron al mirador principal, todos comenzaron a aplaudir.
Lucas contempló las montañas por primera vez.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Pensé que nunca podría llegar aquí.
Daniel simplemente respondió:
—Los amigos sirven para llegar donde uno solo no puede.
Al regresar a casa, vi los hombros de mi hijo completamente marcados por el esfuerzo.

Tenía pequeñas heridas y apenas podía levantar los brazos.