PARTE 1
—No abras el ataúd. Ya nos despedimos de ella. Échenle tierra y terminemos con esto.
Cuando escuché la voz de mi esposo, entendí que no estaba muerta.
Lo peor era que él sí quería que lo estuviera.
Me llamo Mariana, tengo treinta y seis años y hasta aquella mañana creía conocer al hombre con quien había compartido casi nueve años de matrimonio. Desperté dentro de una oscuridad absoluta, acostada sobre una superficie rígida, con las manos colocadas sobre el pecho y un olor dulzón a flores encerradas.
Intenté abrir los ojos.
Nada.
Quise mover un dedo.
Nada.
Quise gritar.
Ni siquiera pude emitir un gemido.
Sólo podía pensar y respirar con enorme dificultad.
Entonces el vehículo en el que me transportaban se detuvo y comprendí algo que me heló la sangre: estaba dentro de un ataúd.