Recobré el conocimiento durante mi propio funeral y lo primero que reconocí fue la voz de mi esposo: “Échenle tierra de una vez, aquí ya no hay nada que ver”. Yo no podía gritar ni levantar una mano, pero escuché perfectamente cuando mencionó la herencia que mi padre me había dejado. Minutos después, un perro empezó a rascar mi ataúd… y aquello estuvo a punto de destapar algo mucho peor que una infidelidad.

PARTE 1

—No abras el ataúd. Ya nos despedimos de ella. Échenle tierra y terminemos con esto.

Cuando escuché la voz de mi esposo, entendí que no estaba muerta.

Lo peor era que él sí quería que lo estuviera.

Me llamo Mariana, tengo treinta y seis años y hasta aquella mañana creía conocer al hombre con quien había compartido casi nueve años de matrimonio. Desperté dentro de una oscuridad absoluta, acostada sobre una superficie rígida, con las manos colocadas sobre el pecho y un olor dulzón a flores encerradas.

Intenté abrir los ojos.

Nada.

Quise mover un dedo.

Nada.

Quise gritar.

Ni siquiera pude emitir un gemido.

Sólo podía pensar y respirar con enorme dificultad.

Entonces el vehículo en el que me transportaban se detuvo y comprendí algo que me heló la sangre: estaba dentro de un ataúd.

Los últimos recuerdos llegaron desordenados. La noche anterior había cenado en nuestra casa de Guadalajara con mi esposo, Ricardo. Nuestra amiga de años, Patricia, había pasado supuestamente a dejarnos unos documentos. Después de cenar empecé a sentirme extraña. Recuerdo que Ricardo me sostuvo cuando las piernas me fallaron.

—Descansa, amor. Seguro te cayó mal algo.

Luego, nada.

Hasta ese ataúd.

Cuando finalmente dejaron de moverme, escuché pasos y dos voces conocidas.

Ricardo.

Y Patricia.

Sentí alivio durante unos segundos. Pensé que abrirían la tapa, notarían que seguía viva y todo acabaría.

Pero Patricia se rio.

—Al fin. Cuando la entierren podremos dejar de fingir.

—Y podremos disfrutar lo que dejó su padre —respondió Ricardo—. Aguanté demasiados años por esto.

En ese instante entendí.

Mi padre había muerto dos años antes y me había dejado propiedades, inversiones y una casa en Zapopan que estaban exclusivamente a mi nombre. Ricardo siempre decía que el dinero no le importaba.

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