Sin embargo, en la habitación solo se escuchaba el sonido de la máquina. El técnico no sonreía ni explicaba lo que veía. Cambió varias veces la posición del aparato, pidió a María que se girara de lado y realizó una serie de mediciones. Después salió sin decir una palabra. María comenzó a ponerse nerviosa. «¿El bebé está dormido?», preguntó cuando el doctor Parker regresó acompañado de una especialista. Nadie respondió inmediatamente.

Repitieron la ecografía tres veces. El doctor observaba las imágenes con el ceño fruncido, mientras la especialista hablaba en voz baja con el técnico. María dejó de sonreír. Algo no estaba bien y podía verlo en los rostros de todos. Finalmente, el doctor Parker se sentó a su lado y le explicó la situación con una calma que apenas lograba ocultar la preocupación.
El embrión nunca había llegado al interior del útero. Se había implantado en la cavidad abdominal, entre órganos y vasos sanguíneos importantes. Era una situación extremadamente rara y peligrosa. Contra todas las probabilidades, el embarazo había continuado durante meses, pero el bebé ya no tenía latido cardíaco. María lo miró sin comprender. Pensó que tal vez la máquina estaba dañada o que el niño se encontraba en una posición que impedía escucharlo.