
Con el paso del tiempo, las llamadas entre madre e hija se hicieron menos frecuentes. Cada conversación terminaba en reproches: María acusaba a Laura de olvidarse de ella y Laura le recordaba que tenía su propio trabajo, su matrimonio y sus problemas. Al final, ambas colgaban heridas y pasaban semanas sin hablarse.
Fue durante uno de esos largos períodos de silencio cuando María comenzó a investigar sobre tratamientos de fertilidad. Al principio solo leía historias en internet sobre mujeres que habían tenido hijos a edades avanzadas. Después empezó a comunicarse con clínicas privadas. Varias rechazaron atenderla debido a los riesgos, pero finalmente encontró un centro en el extranjero dispuesto a realizar el procedimiento.

Vendió algunas joyas, utilizó parte de los ahorros que había acumulado con su esposo y viajó sin contarle nada a nadie. En la clínica le administraron hormonas, le entregaron una bolsa llena de medicamentos y le aseguraron que, si seguía las instrucciones, todo podría salir bien. María regresó a su ciudad convencida de que llevaba dentro el milagro que había esperado toda su vida. Por miedo a las críticas, no buscó atención médica local.