Cuando María Collins entró al consultorio del ginecólogo, todas las miradas se dirigieron hacia ella. No era solo por su edad ni por la forma lenta y cuidadosa en que caminaba, sino por la enorme bolsa de lona que llevaba apretada contra el pecho. Dentro había un paquete de pañales para recién nacido, dos pequeños biberones, una manta blanca y un gorrito azul que ella misma había tejido durante las noches.
La recepcionista sonrió al verla y supuso que aquella mujer de cabello gris estaba preparándose para recibir a un nieto. Sin embargo, cuando le preguntó para quién eran esas cosas, María apoyó las manos sobre su vientre redondeado y respondió con total naturalidad: «Son para mi hijo. Estoy embarazada de siete meses». De inmediato, el murmullo de la sala desapareció. Una joven dejó de mirar su teléfono, una señora abrió los ojos sorprendida y la recepcionista se quedó inmóvil, tratando de decidir si María hablaba en serio o si se trataba de una confusión.