Cuando María Collins entró al consultorio del ginecólogo, todas las miradas se dirigieron hacia ella. No era solo por su edad ni por la forma lenta y cuidadosa en que caminaba, sino por la enorme bolsa de lona que llevaba apretada contra el pecho. Dentro había un paquete de pañales para recién nacido, dos pequeños biberones, una manta blanca y un gorrito azul que ella misma había tejido durante las noches.
La recepcionista sonrió al verla y supuso que aquella mujer de cabello gris estaba preparándose para recibir a un nieto. Sin embargo, cuando le preguntó para quién eran esas cosas, María apoyó las manos sobre su vientre redondeado y respondió con total naturalidad: «Son para mi hijo. Estoy embarazada de siete meses». De inmediato, el murmullo de la sala desapareció. Una joven dejó de mirar su teléfono, una señora abrió los ojos sorprendida y la recepcionista se quedó inmóvil, tratando de decidir si María hablaba en serio o si se trataba de una confusión.

María no parecía estar confundida. Sonreía mientras acariciaba su barriga y hablaba del bebé como cualquier futura madre. Decía que sería un niño, que se llamaría Samuel y que ya había preparado una habitación en su casa. Durante meses había comprado ropa, organizado pañales y colocado una pequeña cuna junto a la ventana de su dormitorio.
Para ella, aquel embarazo no era una locura, sino una segunda oportunidad que la vida le estaba ofreciendo después de años de tristeza. Su esposo había muerto seis años atrás y su única hija, Laura, vivía lejos y apenas la visitaba. María llevaba demasiado tiempo regresando cada tarde a una casa vacía, cenando sola y escuchando únicamente el sonido del reloj del pasillo. Pensaba que la llegada de aquel bebé llenaría todos los espacios que habían quedado vacíos.