PARTE 1
—Su hija tiene dos dedos fracturados, señora. Y necesito que me escuche con atención: esas lesiones no parecen consecuencia de una caída de los columpios. La niña asegura que su abuela se los lastimó cuando intentó quitarle un teléfono.
El médico hizo una pausa.
—También nos está rogando que no la devolvamos a esa casa.
Sentí que el mundo se detenía.
Me llamo Mariana Hernández, tengo treinta y seis años y soy sargento del Ejército Mexicano. Llevaba cuatro meses comisionada en Chiapas cuando recibí aquella llamada del Hospital General de Atlixco, Puebla.
Mi hija Valentina tenía ocho años. Desde la muerte de su padre, tres años atrás, éramos prácticamente inseparables. Pero aquella comisión significaba un ingreso adicional que necesitaba para terminar de pagar nuestro departamento.