Mi madrastra creyó que podía lastimar a mi hija de 8 años porque yo llevaba cuatro meses fuera, cumpliendo una comisión militar. “No vuelvas por ella, está bien”, me ordenó después de que le fracturara dos dedos. Regresé sin avisar y recuperé un viejo teléfono que mi hija había escondido. Cuando escuché la grabación, comprendí que aquello apenas comenzaba.

Por eso la había dejado con mi padre, don Ernesto, y su segunda esposa, Beatriz.

Confiaba en mi padre. Ese fue mi primer error.

Por eso la había dejado con mi padre, don Ernesto, y su segunda esposa, Beatriz.

Confiaba en mi padre. Ese fue mi primer error.

—¿Dónde está mi papá? —pregunté al médico.

—No lo sabemos, señora. La niña fue traída por una vecina. Su abuela apareció varias horas después diciendo que todo había sido un accidente.

Llamé inmediatamente a Beatriz.

—¡Marianita, qué sorpresa! —contestó con su acostumbrada voz empalagosa—. No te preocupes por Valentina. Se cayó jugando y los médicos están exagerando.

—Quiero hablar con mi papá.

—Está descansando. Trae la presión muy alta.

—Despiértalo.

—No seas egoísta. ¿Quieres provocarle un infarto?

Me colgó.

Solicité permiso de emergencia a mi superior. Al día siguiente estaba en Puebla, todavía con el uniforme puesto y una mochila sobre el hombro.

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