PARTE 1
—Mamá… no abras los ojos. Papá está esperando que te mueras.
Eso fue lo primero que Valeria escuchó después de 12 días atrapada en una oscuridad espesa, como si alguien la hubiera enterrado viva bajo toneladas de tierra.
No podía mover los brazos.
No podía hablar.
Ni siquiera podía llorar.
Solo escuchaba el pitido constante de una máquina junto a su cama, el aire entrando con dificultad por su nariz y la voz quebrada de Mateo, su hijo de 9 años, pegada a su oído.
—Mamá, si me escuchas… por favor, aprieta mi mano.
Valeria quiso hacerlo. Dios sabía cuánto quiso hacerlo. Reunió toda la fuerza que le quedaba en ese cuerpo roto, golpeado por el accidente, por los medicamentos, por el dolor que le partía la cabeza en dos.
Pero sus dedos no respondieron.
Mateo soltó un sollozo bajito.