Mi madrastra creyó que podía lastimar a mi hija de 8 años porque yo llevaba cuatro meses fuera, cumpliendo una comisión militar. “No vuelvas por ella, está bien”, me ordenó después de que le fracturara dos dedos. Regresé sin avisar y recuperé un viejo teléfono que mi hija había escondido. Cuando escuché la grabación, comprendí que aquello apenas comenzaba.

Y yo, distraída por el trabajo, respondí:

«Cuando regrese te compro otro, mi amor».

Ahora comprendía lo que había hecho.

—Perdóname, hija. No entendí.

Valentina enterró su rostro en mi pecho.

—La abuela dijo que, si contaba lo que pasaba, se llevarían al abuelo a un manicomio.

—Nadie se llevará a tu abuelo.

Mi hija levantó la cabeza.

—Mamá, ¿tú no sabes?

—¿Qué cosa?

—El abuelo ya no vive en la casa. Hace más de un mes se lo llevaron en una ambulancia. La abuela dijo que probablemente iba a morir.

Sentí un escalofrío.

Durante cinco domingos, Beatriz me había asegurado que mi padre estaba perfectamente bien.

Y todavía faltaba descubrir dónde había estado durmiendo mi hija durante todo ese tiempo.

PARTE 2

—Tu hija dormía en la cocina del patio, Mariana. En un catre viejo, entre costales de alimento para animales.

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