Mi madrastra creyó que podía lastimar a mi hija de 8 años porque yo llevaba cuatro meses fuera, cumpliendo una comisión militar. “No vuelvas por ella, está bien”, me ordenó después de que le fracturara dos dedos. Regresé sin avisar y recuperé un viejo teléfono que mi hija había escondido. Cuando escuché la grabación, comprendí que aquello apenas comenzaba.

Desde la puerta entreabierta escuché la voz de Beatriz.

—Ernestito, mi amor, hoy vamos a resolver todo para que descanses tranquilo.

El notario comenzó a leer.

Era una escritura mediante la cual mi padre donaría su casa y el terreno a Iván.

Después preguntó:

—Señor Ernesto, ¿comprende usted el contenido de este documento? ¿Es su voluntad donar la propiedad?

Silencio.

—Amor, mueve la cabeza —insistió Beatriz.

Mi padre no respondió.

Ella se acercó más.

—Ernesto, no empieces con tus necedades.

La voz bajó tanto que apenas pude escuchar lo siguiente:

—Si no cooperas, Mariana tendrá que regresar al Ejército y yo me encargaré de que Valentina termine en un albergue. ¿Eso quieres para tu nieta?

Abrí la puerta.

—No vas a volver a amenazar a mi hija.

Beatriz giró bruscamente.

Por primera vez, su sonrisa desapareció.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Lo que debí hacer desde el principio. Proteger a mi familia.

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