La primera vez que la tomó fue
en el cuarto de las despensas, entre sacos de maíz importado de Puebla y barriles de vino español que valían más que la vida de una esclava. Itzel no gritó porque no podía y esa silenciosa violación se convirtió en el patrón macabro de los siguientes 8 años. Ignacio se justificaba con las mentiras que todos los violadores se dicen a sí mismos, que ella no se resistía realmente, que incluso parecía aceptarlo con resignación, que su silencio era consentimiento.
Nunca se permitió pensar, ni por un momento, en lo que realmente significaba ese silencio. No era consentimiento, nunca lo fue. Era la rendición absoluta de alguien que no tenía voz para negarse, que no tenía derechos para defenderse, que entendía con claridad cristalina que resistirse solo traería más dolor y posiblemente la muerte.