Se sentó en uno de los bancos.
Por un instante volvió a ser aquella muchacha esperando a las seis de la tarde.
Pero esta vez ya conocía el final de la historia.
Sacó el boleto de su bolso, lo sostuvo entre los dedos y sonrió.
Andrei había llegado después de medianoche aquella primera vez.
La segunda vez necesitó cincuenta y cinco años.
Pero finalmente había encontrado el camino de regreso.