Victor abrió la caja.
Dentro había decenas de documentos amarillentos, fotografías, contratos y cartas.
—Durante los últimos seis meses, Andrei investigó lo ocurrido entre ustedes en 1971.
El abogado colocó sobre la mesa varios papeles.
Uno de ellos llevaba la firma del padre de Andrei.
Era un acuerdo privado.
Según aquel documento, el padre de Andrei había pagado una considerable cantidad de dinero al padrastro de Eliza para impedir que ella continuara comunicándose con su hijo.
Eliza quedó inmóvil.
—Mi padrastro siempre dijo que no sabía nada.
—Mintió.
Pero eso no era todo.
Victor sacó otro documento.
Décadas atrás, el padre de Andrei había creado un pequeño fondo de inversión utilizando parte de un terreno que originalmente pertenecía a la familia de Eliza.
El terreno había sido adquirido mediante documentos irregulares cuando Eliza era todavía menor de edad.
Con los años, aquel patrimonio había aumentado enormemente de valor.
—Andrei descubrió esto revisando archivos de la antigua empresa familiar —explicó Victor—. Legalmente podía haber dejado que todo desapareciera con él.
Eliza miró al abogado.
—¿Y qué hizo?
—Intentó devolverlo.
Victor deslizó otro documento hacia ella.
Eliza leyó lentamente.
El beneficiario no era ella.
Eran sus dos hijas y sus cuatro nietos.
Andrei había creado un fideicomiso destinado a pagar estudios, vivienda y atención futura para los descendientes de Eliza.
Ella levantó la mirada.
—Pero firmé un acuerdo prenupcial.
—Precisamente.
El abogado explicó que Andrei sabía que sus hijos podrían argumentar que Eliza había influido sobre él durante sus últimos meses de vida.
Sin embargo, el matrimonio cambiaba una circunstancia fundamental.
Eliza se convertía en la persona legalmente autorizada para recibir determinados archivos familiares que Andrei no podía entregar a terceros sin iniciar un proceso judicial que probablemente habría durado años.