Pagué el taxi de una joven embarazada a la que varios conductores habían rechazado por ser pobre. “Es para visitar a mi mamá, se lo devolveré”, me prometió llorando. Le dije que no hacía falta y regresé a casa con mi perro. Pero al día siguiente la encontré limpiando la tumba de la única mujer que había amado… y cuando me dijo su edad, recordé la última mentira de mi padre.

Andrés le compró comida, un collar y una correa. Después lo llevó a una veterinaria, donde comprobaron que su herida no era grave.

Esa noche, mientras el perro dormía sobre una cobija limpia, Andrés sonrió por primera vez en mucho tiempo.

—Te voy a llamar Rufián, porque tienes carácter de sobra. Aunque entre nosotros serás Rufi.

Lo que nadie sabía era que aquel médico exitoso llevaba años viviendo en una soledad que ni el dinero ni su profesión podían aliviar.

Su matrimonio con Patricia había terminado después de diecisiete años, cuando descubrió que ella mantenía una relación con otro médico.

Nunca tuvieron hijos.

Sus padres también habían fallecido. Su madre, Alicia, años atrás; su padre, Arturo, apenas unos meses antes.

Y durante sus últimos días, Arturo le había confesado algo que todavía le quitaba el sueño.

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