Un gerente cometía errores.
Lo reemplazaba.
La vida empresarial había enseñado a Alejandro que casi cualquier problema podía solucionarse encontrando a la persona adecuada.
Por eso llegó a la niñera treinta y siete.
Se llamaba Patricia.
Tenía experiencia.
Referencias excelentes.
Había trabajado con niños durante quince años.
Duró veintitrés días.
La última mañana encontró a Valentina cortando fotografías antiguas de revistas.
Intentó quitarle las tijeras.
La niña comenzó a gritar.
Después lanzó un vaso contra una pared.
Patricia llamó a Alejandro.
—Necesitamos hablar.
Él llegó cuarenta minutos después.
—¿Qué ocurrió?
Patricia explicó.
Alejandro miró el cristal roto.
—¿No pudo controlarla?
Patricia quedó sorprendida.
—Su hija no necesita que la “controle”.
—¿Entonces para qué está usted aquí?
Ella lo observó durante varios segundos.
—Señor Ferrer, creo que Valentina intenta decir algo.
—No habla.
—Precisamente.
—No le pago para hacer diagnósticos.
Patricia tomó su bolso.
—Entonces quizá debería escuchar a las personas que sí están intentando comprenderla.
Aquello fue suficiente.
Alejandro la despidió.
Lo que no sabía era que Esteban había escuchado parte de la discusión.
Esteban Ruiz tenía cincuenta y nueve años.
Llevaba once trabajando en la propiedad.
Oficialmente era encargado de mantenimiento.
Arreglaba puertas.
Bombillas.
Sistemas de riego.
Muebles.
Todo aquello que dejaba de funcionar terminaba frente a él.
Era uno de los pocos trabajadores que había conocido bien a Sofía.
Ella hablaba con todo el personal.
Sabía los nombres de sus hijos.
Recordaba cumpleaños.
Cuando Esteban perdió a su esposa, Sofía fue personalmente al funeral.
Después de la muerte de ella, él había observado cómo la mansión cambiaba.
Ya nadie ponía música en la cocina.