PARTE 1
—¡Por fin la despidieron, mamá! Ahora sí va a depender de mí hasta para comprar un litro de leche. Con dos hijos y sin dinero, ¿a dónde crees que va a irse?
Escuché esas palabras detrás de la puerta del patio. Quien hablaba era Alejandro, mi esposo desde hacía seis años. Y lo peor era que estaba celebrando una desgracia que jamás había ocurrido.
Me llamo Mariana, tengo treinta y cuatro años y soy química farmacéutica. Aquella tarde de octubre llegué a nuestra casa en construcción, dejé mi bolsa sobre una silla y le dije:
—Amor, cerraron la sucursal donde trabajo. Me quedé sin empleo.
Alejandro soltó la cinta métrica con la que estaba midiendo una pared. Durante un segundo vi algo extraño en sus ojos. Después me abrazó.
parte2