Escuché la llave girar. Los pasos se detuvieron en la entrada.
—Martín… ¿qué es todo esto? —preguntó, mirando las fotos, la pared nueva, la carpeta abierta sobre la mesa.
—La casa del jardín —dije—. La que vimos en primavera. Firmé la seña esta semana.
Se quedó inmóvil, con la valija todavía en la mano.
—¿Por qué ahora?
—Porque quería que vieras, antes de decir nada, lo que estábamos construyendo. Y después vos me ibas a contar quién es Tomás.
El silencio que siguió duró más de lo que cualquiera de los dos hubiera querido. Julieta soltó la valija, se sentó y, por primera vez en meses, dejó de esquivarme la mirada.
—Fue un error —dijo, con la voz quebrada—. Empezó como algo sin importancia y no supe cómo pararlo.
No grité. No rompí nada. Solo le pregunté lo único que realmente necesitaba saber:
—¿Lo elegís a él?
—No —respondió, casi de inmediato—. Pero no sé si merezco que confíes en mí otra vez.
Una semana para decidir
Le dije que se tomara distancia. Una semana en la casa de su madre, sin llamados, sin mensajes, para pensar de verdad qué quería, no para responderme por miedo a perderme.
Fueron los siete días más largos que recuerdo. Yo también los usé para pensar: en lo que habíamos construido, en lo que estaba dispuesto a perdonar y en lo que no.
Cuando volvió, no hubo escenografía ni sorpresas. Solo dos sillas, un mate y una conversación larga.
—Corté con Tomás —dijo—. Pedí el cambio de área en el trabajo. Y si me das otra oportunidad, quiero que sepas todo: cómo empezó, por qué seguí, todo.
Le confesé, a mi vez, que la casa del jardín no estaba comprada todavía. Que la carpeta era una manera de mostrarle, sin decir una palabra de más, lo que ambos estábamos por perder.