“Ella va a depender de mí para todo. ¡No va a poder dejarme!”, le dijo mi esposo a su madre cuando creyó que había perdido mi empleo. Incluso se burló de que nadie querría a una mujer con dos hijos y sin dinero. Yo escuché todo, pero seguí actuando con normalidad. Días después, encontré unos documentos sobre su pasado y contacté a una mujer desconocida. Su respuesta reveló por qué necesitaba tanto vender mi departamento.

—No te preocupes, mi vida. Yo voy a mantenerlos. Tú quédate cuidando a los niños. Ya era hora de que dejaras esa farmacia.

Me besó la frente con tanta ternura que sentí vergüenza.

Porque todo era mentira.

No me habían despedido. Yo había inventado aquella historia para descubrir si las sospechas sobre mi matrimonio tenían fundamento.

Hasta ese momento, había querido creer que Alejandro era un buen esposo.

Teníamos dos hijos: Mateo, de cinco años, y Valentina, de dos. Vivíamos temporalmente en una casa a medio terminar, mientras él insistía en construir nuestra residencia definitiva dentro de un fraccionamiento privado.

Yo trabajaba desde hacía ocho años en una cadena de farmacias y era encargada de sucursal. Ganaba bien, me gustaba mi profesión y nunca había necesitado que nadie me mantuviera.

Pero Alejandro repetía constantemente:

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