“Ella va a depender de mí para todo. ¡No va a poder dejarme!”, le dijo mi esposo a su madre cuando creyó que había perdido mi empleo. Incluso se burló de que nadie querría a una mujer con dos hijos y sin dinero. Yo escuché todo, pero seguí actuando con normalidad. Días después, encontré unos documentos sobre su pasado y contacté a una mujer desconocida. Su respuesta reveló por qué necesitaba tanto vender mi departamento.

Soltó una carcajada.

—¿Me estabas poniendo a prueba? Estás peor de lo que imaginaba.

—Escuché tu conversación con tu madre.

Su sonrisa desapareció.

Repetí lo que había dicho aquella noche: que estaba atrapada, que vendería mi departamento y que, si intentaba separarme, utilizaría mi supuesta inestabilidad emocional para quedarse con los niños.

Alejandro permaneció callado unos segundos.

Después se acercó.

—Mi madre siempre está preocupada por nosotros. Solamente estaba tranquilizándola.

—¿Diciéndole que ibas a quitarme a mis hijos?

—¡No seas exagerada!

Golpeó la mesa con la palma.

—Una mujer normal no inventa un despido para espiar a su marido. Eso demuestra que tienes problemas.

No le mencioné los documentos que había encontrado.

Todavía necesitaba proteger aquellas pruebas.

—Voy a consultar a un abogado —le dije.

Alejandro sonrió con desprecio.

—Hazlo. Yo puedo pagar cinco abogados si quiero. Tú apenas tienes un departamentito viejo.

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