No gracias a un tratamiento milagroso.
Y ni siquiera exclusivamente gracias a Esteban.
Sino gracias a una verdad que un empleado de mantenimiento tuvo el valor de decirle a un hombre acostumbrado a que nadie lo contradijera:
“Su hija no necesita que alguien consiga que olvide a su madre. Necesita saber que recordarla no va a destruir también a su padre.”
Aquello fue lo imposible.
No hacer hablar a una niña.
Hacer escuchar a un hombre que llevaba dos años huyendo del silencio.