—Su padre la guardó —explicó Hứa Duy—. Me pidió que se la enseñara si alguna vez usted dudaba de mí.
No bajé la guardia.
—Eso no demuestra que pueda confiar en usted.
Por primera vez, el hombre sonrió.
—Su padre esperaba exactamente esa respuesta.
Hứa Duy nos condujo hasta una pequeña sala de mantenimiento.
Allí abrió un ordenador sin conexión a internet.
Introdujo la memoria USB.
La grabación comenzó con imágenes del quirófano.
Vi mi propio cuerpo sobre la mesa.
Escuché el sonido de los monitores.
Después, el llanto de una recién nacida.
Mi hija.
Me llevé las manos al rostro.
En la pantalla, una enfermera levantó a la niña para mostrarla al personal.
—Niña viva. Apgar nueve al minuto —anunció.
Mi madre apareció inmediatamente.
—Retírenla.
Una pediatra protestó.
—Doctora Lâm, la recién nacida está estable. ¿Por qué no vamos a informar a la madre cuando despierte?