Mi marido pasó la tarde montando una fiesta para su primer amor mientras nuestra hija de cuatro años esperaba en la puerta del cole.

La noche anterior, Martina me pidió que le atara la cremallera de la mochila con una goma del pelo.

“Así no se abre, mamá. Que se me cae el táper.”

“Si no se abre nunca.”

“Pues por si acaso.”

Le até la goma rosa, con doble nudo. Ahora esa goma estaba en mi muñeca, y la mochila, abierta sobre mis rodillas, en el suelo del pasillo de urgencias.

Eran las 19:32. Lo sé porque el reloj de la pared tenía un segundero que hacía ruido, y lo oí cada vez que dejé de respirar.

Leí la última línea otra vez. “Está ocupado, no le moleste más.”

Cayetana. En el teléfono de mi marido, a las 17:50, con mi hija esperando en la puerta del cole.

La enfermera se había agachado a mi lado. Se llamaba Yolanda, lo ponía en la tarjeta que llevaba prendida del uniforme. Tendría veintitantos.

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