Parte 1
Mi hijo de ocho años se quedó inmóvil frente a la puerta de su habitación.
Durante unos segundos no dijo nada.
Luego apretó con fuerza la pequeña maleta azul que llevaba en la mano y me miró.
“Mamá… ¿también tiraron a papá?”
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Había sobrevivido al funeral de Daniel.
Había sobrevivido a tres años de despertarme y extender la mano hacia un lado vacío de la cama.
Había sobrevivido a las noches en que Mateo lloraba abrazado a una camiseta de su padre y preguntaba si él todavía podía verlo desde donde estuviera.
Pero no estaba preparada para aquella habitación.
La cama de Mateo había desaparecido.
También su escritorio, sus libros, sus juguetes, su guante de béisbol y los pequeños aviones que Daniel había colgado del techo.