Valeria regresó a la joyería junto al hombre.
Paola estaba detrás del mostrador, hablando por teléfono.
—Ya se fue —dijo al verlos entrar—. Qué milagro.
El hombre no respondió.
Se acercó nuevamente a la vitrina.
—Sigo queriendo comprar el reloj.
Paola levantó una ceja.
—¿Ahora sí encontró su cartera?
El hombre sacó unos billetes.
—Sí.
Valeria notó algo extraño.
La cartera que había encontrado era vieja, pero el dinero que llevaba dentro estaba perfectamente ordenado.
Paola tomó el dinero con una sonrisa.
—Perfecto.
Pero antes de terminar la venta, el gerente salió de la oficina.
—Paola, necesito hablar contigo.
Ella se acercó.
—¿Qué pasó?
El gerente miró al hombre.
—¿Él estuvo aquí antes?
—Sí.
—¿Y lo atendiste tú?
Paola sonrió.
—Bueno… un poco.
El gerente frunció el ceño.
—Acaba de llamar el dueño.
Paola palideció.
—¿El dueño?
—Sí.
—¿Qué quiere?
El gerente miró a Valeria.
—Quiere saber quién atendió al señor.
Paola señaló inmediatamente a Valeria.
—Ella.
Valeria abrió los ojos.
—¿Yo?
—Sí. Tú fuiste quien salió con él.
—Pero tú también estabas aquí.
—Yo estaba ocupada con otros clientes.
El hombre permaneció en silencio.
Valeria empezó a sospechar.
Algo no cuadraba.
El gerente recibió otro mensaje en su teléfono.
Lo leyó.
Después levantó la mirada.
—Todos a la oficina.
Paola comenzó a ponerse nerviosa.
—¿Por qué?
—Hay un problema con el inventario.
El ambiente cambió inmediatamente.
El gerente abrió una caja.
Después otra.
Revisó una lista.
—Falta un anillo.
Paola se quedó inmóvil.
—¿Qué anillo?
—El de diamantes que estaba en la vitrina número tres.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Está seguro?
—Sí.
Paola miró al hombre.
Después a Valeria.
Y entonces dijo:
—Yo sabía que algo así iba a pasar.