Cuando Tomás me abrazó frente a nuestra familia, comprendí algo que nunca olvidaré:
La verdadera riqueza no está en las propiedades, las cuentas bancarias ni los títulos importantes. Está en poder cerrar los ojos por la noche y saber que la persona que duerme a tu lado jamás necesitará destruirte para conseguir lo que quiere.
Y aquella vieja cabaña, que una vez había sido el escenario de la peor traición de mi vida, terminó convirtiéndose en el primer lugar donde realmente me sentí en casa.