Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

Después de casi tres horas, llegamos a una pequeña comunidad llamada La Esperanza.

Cuando vi la casa, sentí que me habían engañado.

Era una construcción vieja, con paredes despintadas, ventanas de madera y un techo de lámina que parecía necesitar reparaciones urgentes.

—¿Aquí vamos a vivir un mes?

—¡No seas exagerada! Tiene su encanto.

Por dentro había muebles antiguos, manteles bordados y una cocina pequeña. Sin embargo, el pozo casi no tenía agua y el tanque de gas estaba a punto de vaciarse.

Arturo se burló de mis quejas.

—La señorita de ciudad no sabe vivir sin comodidades.

A pesar de todo, aquella primera noche cenamos tortillas con frijoles, jugamos cartas y nos reímos como cuando éramos novios.

Por primera vez en meses, pensé que quizá nuestro matrimonio todavía tenía esperanza.

Hasta que, a las cinco de la mañana, sonó un teléfono.

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