PARTE 2: LA MUJER QUE RESPONDIÓ POR MÍ
Leí aquella frase escrita por mi madre hasta que las palabras comenzaron a mezclarse.
No se había limitado a no entregarme la carta de Jessi.
Había respondido en mi nombre.
Había falsificado mis intenciones.
Había tomado una decisión capaz de cambiar toda una vida respecto a mi hijo mientras yo estaba a miles de kilómetros, destinado en una zona de combate.
—Yo nunca dije esto —le dije a Jessi, con la voz temblándome de rabia contenida—. Ni siquiera sabía que esta carta existía.
—Te creo cuando dices que no la escribiste —respondió Jessi en voz baja—. Eso no significa que entonces pudiera saber qué habrías elegido tú.
Su respuesta dolió porque yo no le había dado absolutamente ninguna razón para confiar en mí.
Durante nuestro divorcio había permitido que el orgullo herido me cegara.
Había rechazado todos y cada uno de sus intentos de explicarme aquella fotografía inocente con Luca Vance, había cambiado mis números de contacto y había dejado a mi madre con control absoluto sobre el correo que llegaba a mi antigua dirección.
Leo seguía junto al árbol de Navidad, examinando con cuidado su estrella de madera.
No podía escuchar nuestra conversación en voz baja, pero Jessi cerró la caja y me pidió suavemente que me marchara antes de que el niño se diera cuenta de lo alterados que estábamos los dos.
Yo quería quedarme.
Quería sentarme en el suelo, abrazar a mi hijo y recuperar de golpe siete años perdidos.
Pero no lo hice.
Le di las gracias a Leo por la galleta de jengibre, no prometí nada que Jessi no me hubiera permitido prometer y volví a salir bajo la nieve.