Mi madre intervino suavemente.
—Hija, hay algo que debes saber.
Me explicó que, después de su primera crisis cardíaca, mi padre había acudido con un notario para modificar las facultades de administración.
Antes, Arturo podía asumir ciertas funciones importantes durante una ausencia prolongada del propietario.
Ahora esas atribuciones extraordinarias correspondían exclusivamente a mí.
—No quería acusarlo sin pruebas —dijo papá—. Pero algo dentro de mí me decía que debía proteger la empresa.
Entonces entendí que Arturo no solamente había traicionado nuestra confianza.
Había tratado de superar las protecciones que mi propio padre estableció después de sospechar de él.
—Hiciste bien en cambiarlo, papá. Pero debiste contármelo.
—Lo sé, hija.
Le acaricié la mano.
—Yo me encargo de lo demás. Tú solamente preocúpate por sanar.
Antes de salir del hospital busqué a Lucía.
—Perdona que te moleste. ¿Tú eres la mamá de un niño llamado Nico?