Mi padre negó lentamente.
—No solo por eso.
Respiró profundamente.
—Derek descubrió hace un año que mi abuelo había dejado algo relacionado con la propiedad.
—¿Qué?
—Una caja de seguridad.
Me quedé quieto.
—¿Qué había dentro?
Mi padre miró hacia la casa.
La ventana de la sala todavía estaba iluminada.
La misma sala donde mi hermano y su esposa bebían como si fueran dueños de todo.
—Documentos.
—¿Qué documentos?
—La escritura original del terreno.
Parpadeé.
—Pero la casa está a tu nombre.
—La casa sí.
Hizo una pausa.
—Pero hay una parte del terreno que mi abuelo protegió para la familia. Una parte que no puede venderse ni transferirse sin autorización de sus herederos.
Entendí entonces.
Derek no quería ayudar.
Quería encontrar algo.
—¿Cuándo empezó todo esto?
Mi padre bajó la cabeza.
—Cuando me enfermé el año pasado.
Mi expresión cambió.
—¿Qué?
—No fue algo grave. Pero tuve que ir
al hospital. Derek vino a visitarnos y empezó a decir que debíamos organizar nuestras cosas.
Apreté los puños.
—¿Y ahí fue cuando los hizo firmar?
Mi padre no respondió.
No hacía falta.
—Papá.
Su voz salió rota.
—Nos dijo que era para protegernos.
La misma mentira.
Siempre la misma.
—¿Qué firmaron?
—Un poder legal.
Sentí que la rabia me subía por el cuerpo.
—¿Les dio control de sus cuentas?
Mi padre asintió.
—Y de algunas decisiones relacionadas con la casa.
Me levanté.
—Voy a llamar a la policía.
Mi padre agarró mi brazo.
—No.
Lo miré sorprendido.
—¿Por qué no?
Sus ojos estaban llenos de tristeza.
—Porque todavía no tenemos todo.
—¿Todo qué?
Sacó la llave nuevamente.
—La prueba.
Al día siguiente llegó mi abogada Inez.
Había trabajado conmigo durante años y sabía cuándo una situación era urgente.