PARTE 1
—La próxima semana me voy a vivir con ustedes. Roberto ya dijo que sí.
Doña Elvira lo anunció sentada en la cama del hospital, con una tranquilidad que me dejó helada. Ni siquiera sonó como una petición. Sonó como si mi casa, mi tiempo y mis manos fueran cosas que ella y su hijo podían repartir sin consultarme.
Yo estaba doblando su pijama limpia después de visitarla, como había hecho casi todos los días desde que le reemplazaron la rodilla.
—¿Con nosotros? —pregunté.
—Sí. Nada más unas semanas. Roberto dice que no conviene que esté sola. Tú me puedes ayudar con el baño y con las comidas. Además, eres muy organizada.
Sonrió.
Yo no.
Llevaba treinta y cuatro años casada con Roberto y conocía perfectamente el significado de aquella frase: “Tú me puedes ayudar”.
Significaba que yo prepararía el desayuno antes de irme a trabajar, acomodaría medicamentos, limpiaría, lavaría ropa, pediría citas, acompañaría a su mamá a rehabilitación y estaría pendiente de que no se cayera.