Hasta aquella mañana.
Mi madre apareció en la entrada con dos bolsas enormes. Había viajado desde Michoacán cargando queso fresco, tortillas hechas a mano, aguacates y frascos de salsa que preparó especialmente para nosotros.
—Mi niña, pensé que con tanto trabajo ya ni tiempo tienes de comer bien —me dijo sonriendo.
La abracé emocionada.
Entonces apareció Patricia.
Miró las bolsas, arrugó la nariz y preguntó: