Mi madre llegó con tortillas y comida casera, pero mi suegra lo tiró todo a la basura delante de mi esposo. “Que se vaya, aquí solamente ensucia”, dijo él. Me quedé mirándolo, fui por sus maletas y las dejé junto a la puerta. Esa misma noche descubrí que ambos llevaban meses hablando de una casa que jamás les perteneció.

Hasta aquella mañana.

Mi madre apareció en la entrada con dos bolsas enormes. Había viajado desde Michoacán cargando queso fresco, tortillas hechas a mano, aguacates y frascos de salsa que preparó especialmente para nosotros.

—Mi niña, pensé que con tanto trabajo ya ni tiempo tienes de comer bien —me dijo sonriendo.

La abracé emocionada.

Entonces apareció Patricia.

Miró las bolsas, arrugó la nariz y preguntó:

parte2

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